
No le Digas que el Silencio Convirtió mi Angustia en Eternidad
No le Digas: No le digas que la noche me encuentra llorando mientras el silencio pronuncia su nombre con una ternura que termina desgarrando el alma. Deja que piense que el tiempo cumplió con su promesa de borrar las huellas, aunque cada amanecer vuelva a demostrarme que algunas ausencias jamás aprenden a marcharse.
No le digas que sus besos continúan viviendo sobre mis labios como una dulce condena de la que nunca quise escapar. Ninguna otra caricia ha logrado despertar la misma calma, ni otra mirada ha conseguido atravesar los rincones donde ella dejó sembrada su existencia.
No le digas que extraño la forma en que me amaba, como si el universo entero hubiera encontrado refugio entre sus brazos. Había en su manera de mirarme una paz imposible de describir, un lenguaje que solo el corazón comprendía y que hoy permanece perdido entre los escombros de la memoria.
No le digas que desde su partida las calles dejaron de reconocer mis pasos. Camino por los mismos lugares, pero todo parece distinto, como si la ciudad hubiera envejecido conmigo y cada esquina guardara el eco de una historia que se negó a terminar.
No le digas que mi vida comenzó a perder sentido desde el instante en que el destino decidió cambiar el rumbo de nuestros días. Hay heridas que no sangran, pero consumen lentamente la esperanza, dejando al alma suspendida en un vacío del que resulta imposible escapar.
No le digas que me has visto derrotado, sosteniendo batallas invisibles contra recuerdos que jamás aceptaron el olvido. He luchado contra mi propia sombra, contra la voz insistente de la angustia y contra ese enemigo silencioso que conoce cada una de mis debilidades.
No le digas que algunas noches he sentido morir una parte de mí sin que el mundo lo advirtiera. No es el cuerpo el que se desploma, sino esa región secreta donde habitan los sueños, las ilusiones y todo aquello que alguna vez creyó en la eternidad.
No le digas que aún converso con su recuerdo cuando la madrugada se vuelve interminable. El viento parece traer su voz desde lugares que ya no existen, mientras mi corazón insiste en responder a una presencia que solo vive dentro de mi memoria.
No le digas que la angustia ha aprendido a sentarse junto a mi ventana como una compañera fiel. Viene cada noche, guarda silencio conmigo y contempla cómo los recuerdos regresan uno tras otro para recordarme todo aquello que jamás volverá.
Y si alguna vez la encuentras con la mirada serena, no permitas que conozca el peso de esta tristeza. Déjala conservar la paz que encontró lejos de mis tormentas, porque hay dolores que solo pertenecen a quien los habita y silencios que nacieron para permanecer ocultos.
No le digas que todavía escribo su nombre entre versos que nadie leerá. Tampoco le digas que ya casi no reconozco la poesía, porque desde que ella partió las palabras dejaron de florecer y aprendieron a vestirse únicamente de angustia.
Déjala seguir creyendo que el tiempo todo lo cura.
Mientras tanto, yo seguiré caminando entre los restos de este amor, abrazando un silencio que nunca deja de pronunciar su nombre y una angustia que convirtió mi alma en el último lugar donde ella todavía permanece viva.